Miradas

emigrantes

Tengo sobre la mesa cinco fotografías.

En la primera, un adolescente imberbe y de piel morena, con los ojos abiertos y asustados, sobre la cubierta de un barco donde se hacinan decenas de personas igual que él, parece comerse con la mirada el muelle del atracadero y la pared encalada sobre la que señorea un letrero rojizo: â?? Zona portuaria. Prohibido el paso a toda persona ajena al lugarâ?.

En la segunda un veinteañero de barba poblada deja caer su tristeza entre las púas de la alambrada que lo rodea, mientras que a los lados y al fondo centenares de siluetas lo imitan y de la masa sólo toma cuerpo la mujer enlutada que intenta amamantar a su hijo. Delante, soldados magrebíes dirigen sus fusiles hacia ellos.

La tercera es de una pareja, que posa entre pudorosa y alegre bajo un cartel de un idioma desconocido y él la coge tímidamente de la cintura mientras ella no pierde de vista la maleta, cartón con los cantos reforzados, que encierra todas sus pertenencias.

En la siguiente se ve una calle sin asfaltar donde una mujer cuarentona, oronda y dichosa, rodeada por seis niños y niñas de edades consecutivas, posa ante la puerta de una casa a la que se le nota el remozado y los arreglos en forma de azulejos de cuarto de baño recorriendo la fachada.

La última muestra a un coche blanco, de aspecto cochambroso, rebosando cuerpos y cabezas, con la baca llena de cachivaches, serpenteando por una carretera infernal, sin arcén ni rayas pintadas, en el calor de agosto.

La primera la firma Sebastián Marrero, canario y está fechada en marzo de mil novecientos veintidós, en un puerto sin especificar de Venezuela, al que acaba de llegar ,como lo han hecho antes centenares de miles de paisanos, en barcos insalubres que rebosan desesperanza y piojos, huyendo del hambre y, en su caso, de un reclutamiento que lo pueda llevar a la guerra de África tras el desastre de Annual.

El joven barbado de la segunda es el cordobés Luis Pulido durante su estancia, mil novecientos treinta y nueve, en el campo de concentración francés de Saint-Cyprien, donde inicio su exilio de â?? español de éxodo y llantoâ? tras la derrota del gobierno legítimo de la República en la guerra civil. La anónima mujer enlutada perdió el hijo como lo hicieron tantas madres que sin saber poesía, saborearon que sus hijos también estaban â??en la cuna del hambreâ?.

La pareja de la maleta acartonada, él con el traje de boda, ella con el abrigo de falso astracán que le regaló la señora al hacer limpieza del armario, se llamaban José y Rosario y posan bajo el letrero de la estación de Utrecht, al que un destino, año mil novecientos sesenta, en forma de amigo avispado los ha arrastrado. Son egabrenses e ignoran que sólo volverán a su tierra de vacaciones y que sus hijos serán holandeses aunque ellos se mueran sin terminar de comprender el idioma.

En la cuarta, remitida desde Jódar (Jaén), María desea trasmitirle a Juan que sus diez meses de albañil en Ginebra, cada año desde mil novecientos sesenta y dos , merecen la pena y que ahí están los seis hijos, fabricados en cadena, todos nacidos en mayo y la casa de la que sólo se ven los azulejos , siendo una lástima no haber â??retratadoâ? el cuarto de baño, primero del barrio con ducha y bidé, para demostrarlo.

La quinta es de la familia del orensano Julián Piñeiro, mil novecientos sesenta y nueve,a punto de llegar a la perdida parroquia del consejo de Leiro, donde aún vive la abuela, después de haberse zampado de un tirón la distancia entre Dusseldorf y Galicia.

Las fotografías se pueden barajar, intercambiando fechas y nombres , pero de todas ellas emerge la mirada de angustia y rabia ante la realidad y el deseo de ganarle el pulso al destino, para que ese niño , presente o entrevisto en algunas esquinas, alcance un futuro mejor y más digno.

Sebastián, Luis, José, Rosario, María, Julián…intuían que merecía la pena luchar. Lo que no podían imaginar es que sus biznietos, nietos e hijos, a la vuelta de la esquina, al descubrir en otros las miradas que un día no tan lejano tuvieron sus antecesores, iban a levantar el meñique, fruncir el ceño como si estuviesen oliendo mierda e inventarse una nueva historia en la que sus antepasados fueron, como mínimo, íntimos de la duquesa de Alba.

Juan Rivera Reyes

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